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- Cinco preguntas para aumentar las posibilidades de éxito de un proyecto social
Cinco preguntas para aumentar las posibilidades de éxito de un proyecto social
(No son una garantía, pero sí un mejor punto de partida)

El posicionamiento territorial de un proyecto de inversión ya sea público o privado, no depende únicamente de su viabilidad técnica o financiera. En gran medida, está determinado por la capacidad que tenga de construir una relación de confianza con la población y consolidar un entorno social favorable para su desarrollo. En ese contexto, las intervenciones orientadas a mejorar las condiciones de vida de la población circundante desempeñan un papel fundamental.
Si bien se reconoce la importancia estratégica y humana de impulsar intervenciones destinadas a atender necesidades básicas compartidas, como la educación, salud o acceso a servicios básicos, nuestra sociedad mantiene una característica difícil de ignorar: el sentido de la inmediatez. A ello suele sumarse otro rasgo muy propio del comportamiento humano: el individualismo. En consecuencia, es natural que muchas personas esperen percibir, en el corto plazo, beneficios concretos derivados de la presencia de un proyecto de inversión y de cómo este contribuirá a mejorar la calidad de vida propia y de su hogar, sin que ello signifique dejar de valorar el bienestar colectivo.
Una de las formas de responder a estas expectativas es mediante la implementación de proyectos sociales de carácter productivo, orientados a ampliar las oportunidades de generación de ingresos de la población. Sin embargo, la experiencia demuestra que ejecutar un proyecto no garantiza, por sí solo, resultados sostenibles. Un ejemplo de ello es Haku Wiñay, programa desarrollado por FONCODES, cuya evaluación externa encontró que, si bien el 98,5 % de los hogares adoptó las tecnologías promovidas por la intervención, solo el 61,7 % decidió ampliarlas por iniciativa propia. Este resultado evidencia que el verdadero desafío no radica únicamente en lograr la adopción de una innovación, sino en conseguir que la población la haga suya, la fortalezca y la mantenga en el tiempo.
A partir de ello, el presente artículo propone cinco preguntas que, desde mi experiencia en el diseño y ejecución de proyectos sociales, considero fundamentales antes de iniciar cualquier intervención productiva. No constituyen una garantía de éxito, pero sí pueden ampliar las posibilidades de construir proyectos con mayor sostenibilidad y permanencia en el territorio.
1. ¿Estamos fortaleciendo un recurso que la población ya gestiona colectivamente?
Una adecuada línea de base social permitirá identificar cuáles son las principales actividades económicas que desarrolla la población y, sobre todo, reconocer si estas dependen de un recurso de uso colectivo. Así, una comunidad agrícola comparte sus fuentes de abastecimiento de agua; una ganadera, una extensión de pastos; una pesquera, la infraestructura de un terminal; o una dedicada a la producción de carne, un centro de beneficio. En otras palabras, muchas comunidades encuentran en un recurso común el eje que articula su actividad económica.
Cuando un proyecto social se diseña sobre ese recurso compartido, no solo fortalece una actividad productiva, sino que también crea incentivos para la cooperación entre sus beneficiarios. El mantenimiento del recurso, la organización para su uso y los beneficios que de él se derivan dejan de depender únicamente del esfuerzo individual y pasan a convertirse en un interés comunitario. Ello favorece una mayor apropiación del proyecto, facilita su adecuada transferencia y fortalece la percepción del proyecto de inversión como un agente orientado al bienestar común.
En mis andares sobre distintos territorios he podido ser testigo de la cuota de efectividad de este enfoque. Un ejemplo de ello son las intervenciones hídricas y agropecuarias desarrolladas por Sociedad Minera Cerro Verde en la provincia de Arequipa, donde la empresa fortaleció un recurso de uso colectivo como es la infraestructura de riego utilizada por miles de agricultores. De acuerdo con su Reporte de Sostenibilidad 2024, estas acciones contribuyeron a incrementar el rendimiento agrícola en más del 22 %, reducir los costos de producción hasta en un 25 % y, lo más importante y relevante, que el 80 % de las familias capacitadas adoptara tecnologías productivas relacionadas con el riego eficiente y las buenas prácticas agrícolas. Más allá de las cifras, este caso demuestra que cuando un proyecto fortalece un recurso compartido, también fortalece las condiciones para que sus beneficios perduren en el tiempo.
2. ¿Estamos fortaleciendo una capacidad que la comunidad ya posee?
Existen numerosos ejemplos de proyectos productivos que no alcanzaron los resultados esperados ni lograron un verdadero nivel de apropiación por parte de sus beneficiarios; con lo cual, el entusiasmo e impulso inicial fueron diluyéndose con el paso del tiempo. Las razones pueden ser diversas; sin embargo, una de las que más ha llamado mi atención es que muchas de estas intervenciones intentaron introducir actividades económicas completamente ajenas a la experiencia de la comunidad.
No cabe duda de que detrás de este tipo de proyectos existe la mejor intención y la ambición de generar oportunidades innovadoras para la población. Sin embargo, también representan un reto mucho mayor. Incorporar una actividad económica nueva implica desarrollar capacidades que antes no existían, implementar infraestructura y recursos sobre los cuales existe poca experiencia en su aprovechamiento y, además, mantener un acompañamiento técnico mucho más intenso para asegurar su consolidación. Todo ello demanda mayores recursos para sostener el desarrollo del proyecto.
Por ello, a lo largo de mi experiencia siempre he recomendado que los proyectos productivos se construyan sobre prácticas, conocimientos y habilidades que la población ya posee. Fortalecer aquello que una comunidad ya sabe hacer no significa renunciar a la innovación; significa utilizar esa experiencia como punto de partida para generar mayor valor. Cuando un proyecto aprovecha las capacidades existentes, reduce la curva de aprendizaje, facilita la apropiación por parte de los beneficiarios y aumenta considerablemente sus posibilidades de éxito.
3. ¿Existe un elemento de cohesión que mantenga unido al grupo?
Más allá de la existencia de capacidades, prácticas y recursos compartidos, es necesario preguntarnos si dentro de la cultura, los valores o la identidad de la población beneficiaria existe algún elemento capaz de fortalecer la colaboración entre sus integrantes. Identificar este tipo de factores puede marcar una diferencia importante, pues favorece la apropiación del proyecto y fortalece el compromiso colectivo necesario para sostener una intervención en el tiempo.
Para comprender mejor esta idea, basta observar el caso de Granja Porcón, una de las experiencias de desarrollo rural comunitario más representativas del país. Ubicada en la región Cajamarca, esta comunidad ha logrado consolidar un modelo cooperativo basado en el desarrollo conjunto de diversas actividades económicas, entre ellas la agricultura, la ganadería, la piscicultura, la actividad forestal y el turismo rural. Su administración está a cargo de la Cooperativa Agraria Atahualpa Jerusalén, integrada por la Comunidad Evangélica Andina de Granja Porcón.
Lo más interesante de esta experiencia es que el éxito del modelo no radica únicamente en los beneficios económicos que generan sus actividades productivas. Diversos estudios han señalado que uno de los factores que ha permitido mantener altos niveles de cooperación entre sus miembros es la existencia de un fuerte elemento de cohesión social. En ese sentido, el estudio «Identidad comunitaria y desarrollo sostenible: estudio etnográfico de una comunidad rural evangélica en Perú», publicado en 2024 por la revista científica Cultura y Religión, concluye que los principios bíblicos y las creencias religiosas compartidas han fortalecido la ética comunitaria, la cooperación entre los individuos y un sentido común de progreso material y espiritual.
Naturalmente, la religión no constituye el único elemento capaz de generar este nivel de cohesión. En otros territorios ese papel puede ser asumido por la identidad cultural, una tradición comunal, una actividad ancestral o una visión compartida de desarrollo. Lo verdaderamente importante es reconocer que todo proyecto colectivo tiene mayores posibilidades de consolidarse cuando logra apoyarse en un elemento de cohesión que ofrezca una motivación que vaya más allá de los beneficios económicos que pueda generar la intervención.
4. ¿Podrá el proyecto sostenerse cuando termine el apoyo de la entidad titular del proyecto de inversión?
Al plantear esta interrogante, mi intención es invitar a reflexionar sobre si el proyecto productivo será capaz de generar ingresos suficientes para sostenerse por sí mismo una vez concluido el apoyo del titular del proyecto de inversión. En otras palabras, si contará con la capacidad de financiar su operación, reinvertir en su crecimiento y asegurar su permanencia en el tiempo. Bajo esta lógica, el diseño de una intervención de este tipo debe contemplar, desde su inicio, la existencia de un mercado capaz de absorber la oferta de bienes que se espera produzca el proyecto durante su proceso de consolidación.
En ese sentido, será una tarea fundamental del ejecutor del proyecto productivo identificar dichos mercados y facilitar el acceso de los beneficiarios a sus canales de comercialización. Cuando el mercado resulte limitado, deberá evaluarse la posibilidad de diversificar la cartera de clientes mediante la apertura de nuevos espacios de venta que reduzcan la dependencia de un número estático de compradores. Un ejemplo de ello puede encontrarse en diversas empresas comunales dedicadas a la piscicultura, cuyos productos abastecen de manera permanente a reconocidas cadenas de supermercados del país, asegurando una demanda constante que contribuye a la estabilidad económica de la organización.
Sin embargo, la sostenibilidad de un proyecto no depende únicamente de la existencia de un mercado. También requiere que la organización beneficiaria desarrolle capacidades administrativas que le permitan gestionar adecuadamente sus recursos, planificar sus reinversiones, administrar sus ingresos y tomar decisiones oportunas para garantizar la continuidad del negocio. Por ello, un proyecto productivo no solo debe transferir activos o conocimientos técnicos; también debe fortalecer las capacidades de gestión de quienes asumirán la responsabilidad de conducirlo cuando el acompañamiento del titular mencionado llegue a su fin.
5. ¿Quién asumirá el liderazgo cuando nosotros ya no estemos?
Con frecuencia, el diseño de un proyecto social productivo concentra sus mayores esfuerzos en la etapa de implementación y deja en un segundo plano la transferencia del proyecto. Sin embargo, es precisamente en esta etapa donde se define, en gran medida, si la intervención será capaz de mantenerse en el tiempo. Preparar a la población beneficiaria para asumir la conducción del proyecto debe ser un objetivo presente desde el inicio y no solo para el final.
En la medida en que un proyecto involucra la participación de diversos actores y la ejecución de múltiples actividades, surge la necesidad de establecer una estructura organizativa que distribuya responsabilidades y cuente con un equipo directivo capaz de conducir el proceso. Ello obliga a reflexionar cuidadosamente sobre los criterios que deben considerarse para asignar funciones de liderazgo entre los beneficiarios.
Aspectos como la legitimidad frente a la comunidad, la honradez, la capacidad de liderazgo y el respeto ganado a lo largo de los años constituyen cualidades fundamentales para asumir este tipo de responsabilidades. En muchos casos, la conducción del proyecto puede apoyarse en estructuras organizativas ya existentes, como una directiva comunal o una organización de base. Sin embargo, cualquiera que sea el modelo adoptado, es indispensable dedicar los mayores esfuerzos para que quienes asuman la dirección del proyecto cuenten con la representatividad, la confianza y la legitimidad necesarias para ejercer ese rol.
Al término de la intervención, los activos, la infraestructura y los conocimientos técnicos habrán sido entregados; sin embargo, serán las personas quienes deberán tomar decisiones, resolver conflictos, administrar los recursos y conducir el proyecto.
Como señalé al inicio de este artículo, no pretendo afirmar que las ideas aquí desarrolladas constituyan una fórmula infalible para garantizar el éxito de un proyecto social productivo. La realidad del territorio es demasiado diversa para admitir recetas universales. Se trata, más bien, de cinco preguntas que, a lo largo de mi experiencia, han demostrado ser herramientas de enorme utilidad para comprender mejor el contexto de intervención y aumentar de manera significativa las probabilidades de obtener resultados sostenibles.
Cada territorio presenta oportunidades, fortalezas y desafíos distintos; por ello, cada proyecto deberá identificar cuáles de estos elementos tienen mayor relevancia según sus propias particularidades. Sin embargo, considero que responder estas interrogantes antes de iniciar una intervención permite diseñar estrategias más sólidas, reducir riesgos y tomar decisiones con un mayor conocimiento de la realidad sobre la que se pretende actuar.
Comentarios
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Excelente artículo, aborda de manera clara y práctica los factores que contribuyen a la sostenibilidad de los proyectos sociales productivos. Las cinco preguntas planteadas invitan a una reflexión profunda y constituyen una valiosa guía para quienes trabajamos en el diseño y ejecución de intervenciones en el territorio.
Comparto especialmente la importancia que se otorga a la participación de los actores sociales, pues considero que son los verdaderos protagonistas de su propio desarrollo. Cuando las comunidades participan activamente en la toma de decisiones y asumen el liderazgo de los proyectos, se fortalecen el compromiso, la apropiación y las posibilidades de lograr resultados sostenibles en el tiempo.
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De acuerdo Juan Carlos, planificar el proyecto es un trabajo técnico de muy alto valor; asimismo, el planificar la transferencia cobra un significado igual de importante, ya que una transferencia exitosa y duradera es una prueba irrefutable del impacto trascendental que puede tener un proyecto de inversión en un terriotorio determinado
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¡Qué interesante artículo, Luis! Me gustó mucho cómo abordas la gestión de proyectos sociales desde una perspectiva tan humana y territorial. Me llamó especialmente la atención la forma en que introduces el estudio de la revista Cultura y Religión (2024) para respaldar tu punto sobre la cohesión social.
Me parece muy acertado cómo usas el caso de Granja Porcón en Cajamarca para ilustrar que el éxito de un proyecto no es solo económico, sino que se sostiene en elementos culturales y de identidad compartida. El estudio que citas es una pieza clave, ya que concluye que los principios bíblicos y las creencias religiosas compartidas fortalecen la ética comunitaria, la cooperación y un sentido común de progreso material y espiritual. Esto da una base sólida a tu idea de que todo proyecto colectivo tiene más posibilidades de consolidarse cuando se apoya en un elemento de cohesión que vaya más allá de los beneficios económicos.
Me quedo con ganas de saber más sobre cómo aplicarías estas cinco preguntas en otros contextos donde el factor religioso no sea tan fuerte. ¡Felicidades por el artículo!
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Gracias Pedro por el aporte. En realidad toda sociedad o cultura siempre tendrá un elemento o varios que simbolicen valores compartidos entre los individuos; no obstante, el potencial de que dichos elementos tengan capacidad de lograr la cohesión en pro del trabajo colaborativo varía en cada realidad. En algunos grupos poblacionales se tendrá que colocar mayor énfasis a otros componentes en la elaboración de proyectos productivos, ya que el factor de cohesión no se presenta como algo relevante.
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